Por Bernardo I. Salduna
Asociación “Justo J. de Urquiza”
1) El primero es de principios de los años 70.
Yo, por entonces un joven militante político, tuve oportunidad de conocer y, pese a la diferencia de edad, trabar relación amistosa, con el dirigente cordobés del radicalismo Dr. Conrado Storani, quien habría de ser una de las cabezas del grupo renovador del viejo partido.
En 1972, el Dr. Storani fue precandidato a vicepresidente acompañando a Raúl Alfonsín.
Por aquel tiempo, en una fugaz visita a Buenos Aires, coincidimos con él en una reunión.
Y nos invitó, a mí y a otros jóvenes, a visitar en su casa al Dr. Miguel Ángel Zavala Ortiz, ex ministro de Relaciones Exteriores del presidente Arturo Illia, con quien lo ligaba alguna relación de parentesco.
Tuve alguna prevención: años atrás, en 1965, había participado de una manifestación de protesta por la invasión norteamericana a Santo Domingo, que pedía la renuncia del ministro -“Zavala Ortiz, andate del país”, gritaban los manifestantes-; no obstante, pudo más la curiosidad de conocer al entonces criticado personaje.
Y fui a la reunión.
Me resultó muy útil para disipar preconceptos.
Y entender que a veces las cosas no se presentan de la misma forma para el que las mira desde afuera, siempre proclive a la crítica fácil, y quien ejerce responsabilidades de gobierno.
Santo Domingo, Vietnam, conflictos con Chile y otros episodios internacionales resonantes de ese período fueron evocados en esa larga charla con el ex canciller.
Pero lo que más me impresionó fue cuando refirió también el Dr. Zavala Ortiz la laboriosa tarea diplomática, a través de la cual se logró el éxito espectacular de la Resolución 2065 de las Naciones Unidas, por medio de la cual se instaba a la Argentina y el Reino Unido a negociar la soberanía de las Islas Malvinas “en el marco del proceso de descolonización”, iniciado después de la Segunda Guerra Mundial.
“Por aquel tiempo -nos refería Zavala Ortiz-, 1964, habían ganado las elecciones en Inglaterra los laboristas.
“Y era primer ministro Harold Wilson”.
“En esa ocasión -afirmaba- trabé una especial relación de amistad con el ministro de Exteriores británico, Mr. Stewart, con quien me reuní en varias oportunidades, incluso él vino a Buenos Aires”.
“Los laboristas deseaban ir desprendiéndose paulatinamente de los restos de su anterior imperio colonial, que les causaba gastos y dolores de cabeza”.
“Pero tampoco querían abandonar completamente a su suerte a los isleños, los “kelpers”. En ese sentido, nuestros interlocutores insinuaban que nosotros, los argentinos, fuéramos paulatinamente marcando presencia en las Islas”.
“Y, en un proceso que, calculaba, culminaría, más o menos en 1969, se darían los pasos formales para un traspaso gradual de soberanía hacia Argentina”.
“Por eso yo -agregaba el Dr. Zavala Ortiz- declaré en la prensa que, antes que terminase el período del Dr. Illia, las Malvinas iban a ser argentinas”.
“En ese tiempo se instaló en la Isla Soledad un puesto de YPF, que proveía combustible a los isleños, una oficina argentina de Correos, un servicio de asistencia sanitaria, etc.”
“Todo marchaba bien”.
“Hasta que se produjo el golpe militar de junio del 66, que derrocó al presidente Illia. Eso le dio el gran pretexto al sector conservador británico, que se oponía a negociar con Argentina: el Reino Unido no podía dejar a los habitantes de las islas en manos de una dictadura”.
“Y todo volvió a fojas cero”.
Hasta ahí el Dr. Zavala Ortiz.
Agrego por mi cuenta: eso, para no computar que la guerra de 1982 nos hizo retroceder mucho más.
2) El segundo de los episodios ocurrió a fines de los 80 cuando me desempeñaba como diputado nacional.
Formaba parte de la Comisión de Relaciones Exteriores; nos visitó un diputado de lo que por aquel tiempo se llamaba Alemania Occidental.
En la conversación se tocó el tema de la soberanía de Malvinas.
El parlamentario alemán nos dijo que “nos comprendía a los argentinos”.
Que pensáramos si, en vez de perder unas remotas islas, nos quitaran la soberanía de cerca de la mitad de la ciudad de Buenos Aires.
Bueno, eso es lo que les había pasado a ellos al terminar, en 1945, la segunda guerra y ser dividida la ciudad capital, Berlín, entre las potencias vencedoras.
Ahora, casi la cuarta parte de la ciudad había quedado en lo que se llamó Alemania Oriental, bajo régimen comunista.
Separada por un muro de la parte occidental.
Nos refería nuestro interlocutor que más que lamentarse de la pérdida los alemanes de posguerra debían pensar en la manera más eficaz de recuperar el territorio perdido.
Para eso no servían las aventuras militares: ya Alemania lo había intentado, llevando a la humanidad a la catástrofe de dos guerras mundiales, saliendo derrotada con inmensos sufrimientos para su población y el resto del mundo.
La alternativa estaba en trabajar, concentrar esfuerzos para constituirse en un país serio, confiable.
Sobresalir en economía, en ciencia y tecnología, en desarrollo social, en cultura, y hasta en deportes.
Cuando hablaba de sus compatriotas de Berlín Oriental, que arriesgaban la vida saltando el muro para llegar a occidente, no podía yo dejar de pensar en los habitantes malvinenses -los kelpers- que preferían -y prefieren- ser ciudadanos británicos de segunda ante que argentinos de primera.
En suma, treinta o cuarenta años después de terminada la guerra, la Alemania Federal mostraba su pujanza y atractivo, frente al relativo estancamiento del Este.
Pese a todo, el visitante germano se mostraba pesimista de que pudiera lograrse en plazo breve la recuperación territorial de los territorios separados.
Los hechos demostraron precisamente lo contrario: no pasaron más de dos años de aquella entrevista, cuando cayó el Muro y la Alemania se reunificó volviendo Berlín a ser la capital histórica.
Esa es la enseñanza que nos dejó aquella charla para quienes anhelamos algún día sea realidad ese objetivo soberano por el que tantos compatriotas dieron su vida: ser un país serio, confiable y atractivo.
Lo demás, parafraseando la Biblia, vendría por añadidura.
Casi nada, ¿no?